El Miedo a la Muerte

Nos da miedo ver nuestros seres queridos pasar de este mundo al silencio eterno. Sólo entonces entendemos que "el cuerpo vuelve al polvo como era y el espíritu vuelve a Dios quién lo dio". Estamos en la presencia del Señor de la vida.  Los médicos, cirujanos, enfermeras y amados hicieron todo lo posible por prolongar la vida, pero, por la providencia misteriosa de Dios, llegó el fin.


Lo Final, ¿qué es?
La vida del que amamos está más allá del reclamo. Podemos pensar y recordar todo lo que significa para nosotros, cómo enriqueció nuestra vida, pero nada de lo que podemos decir o hacer o sufrir o pagar, puede hacerlo volver.
Ni quisiéramos, si es que realmente creemos de verdad que está en manos de Dios quien todo lo hace bien. No pudiéramos sentirnos capacitados para asumir la responsabilidad de decir cuándo la vida de uno debería terminar.


Aceptar la Realidad de la Muerte
En parte sufrimos cuando nuestros seres queridos se van porque no estamos preparados para la separación. Reconocemos que pronto o tarde, la muerte nos tocará a todos, pero cuando se acerca a dónde estamos, nos sorprende, nos confunde a veces y nos turba.
Todavía nos falta madurez, si es que no podemos enfrentar las realidades de la vida, entre las cuales está reconocer que la muerte puede suceder a cualquier persona en cualquier momento. Hay que ajustarnos a esta realidad.
El Sr. Baron Rothchild dejó una esquina de fundamento de su casa sin terminar para siempre recordarse "Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir" (Hebreos 13:14).
Nada es más cierto que la muerte y nada es menos cierto que la hora.
Es tan natural morir que nacer. Cuando nace un niño, no podemos adivinar si será rico o pobre, o cuál será su empleo o dónde va a vivir. Pero sabemos que va a morir.


Ver la Muerte como Jesús la Ve
La muerte no es dejar de ser. No es el fin de la vida, sino sólo el fin de un estado de existencia. La separación del cuerpo y alma no es la destrucción del alma, sino el dormir y despertar a un mundo mejor. Sólo enterramos el cuerpo de nuestro familiar, pero su alma se la ido para estar con el Señor.
Después de haber cumplido la edad de ochenta años, sucedió que el Sr. John Quincy Adams estaba andando por una calle de Boston, cuando un amigo le preguntó cómo estaba. El que había sido presidente de los Estados Unidos contestó, "El Sr. John Quincy Adams está muy bien, gracias. La casa donde vive está un poco caída, casi destruida. El techo está pasado, las paredes agrietadas y tiembla con el viento. El inquilino cree que es inhabitable y, si no me equivoco, el Sr. John Quincy Adams tendrá que mudarse pronto, pero él está muy bien".

Es como dijo el apóstol Pablo: "Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos" (2 Corintios 5:1).
El temor a la muerte refleja la falta de fe en el consejo de Jesús, "No se turbe vuestro corazón, creéis en Dios, creed también en mi. En la casa de mi Padre muchas moradas hay, si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que dónde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:1-3).
Unos días antes de su muerte, el Dr. F. B. Meyer escribió a un amigo estas palabras, "Acabo a escuchar, para sorpresa mía, que sólo me quedan unos días de vida. Puede que cuando esto te llegué, ya estaré en el Palacio. No te molestes en escribirme. Nos veremos por la mañana."

Lo que es muerte para este mundo, para el Nuevo Testamento es "dormir". Refiriendo a la hija de Jairo, Jesús preguntó, "¿Porque alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme" (Marcos 5:39). En otra ocasión Jesús dijo, "Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle" (Juan 11:11).
Esta expresión es muy significativa. El dormir implica el despertar. Así el estado del cuerpo, cual estado no es eterno, sino temporero porque vendrá la resurrección.
Cuentan que un predicador recibió una invitación para despedir un duelo y se pegó a buscar la palabra "muerte" en el Nuevo Testamento griego. Descubrió algo que no sabía - los Apóstoles nunca usaron esta palabra para referir a los cristianos cuando terminan sus vidas terrestres, sino expresiones tales como "dormir" o "partir y estar con Cristo" o "estar con el Señor".
Es como un niño que, al fin del día, no quiere dormir sino seguir jugando, pero al rato, sin querer, se acuesta en los brazos de su madre y su cuerpo cansado empieza a relajarse. Por la mañana, despierta en novedad de vida y regocija con un poder igual a las tareas del nuevo día.
¡Dios vive! ¡Cristo ama! ¡Cristo vive y la muerte no es el fin, sino el comienzo!

Ajustes Necesarios
La silla vacía nos duele y nos obliga a ajustarnos a las nuevas circunstancias. Entre más amamos, entre más dependemos de la relación, más difícil y doloroso es el cambio.
Algunos ajustes físicos y económicos pueden parecer como una carga aplastante. Más difícil es el ajuste de los niños que se quedaron huérfanos de padre o madre, o el ajuste a la soledad y falta de ayuda de una viuda. Si no podemos separarnos por unos días sin dolor, ¿cómo sería separase por el resto de nuestra vida terrestre?
Sin embargo, se puede. Podemos crear nuevas amistades. Por un tiempo uno siente el dolor de manera muy profundo, pero uno puede reconciliarse a la ausencia física de nuestro ser querido y hasta ver la mano de Dios en todo esto que actúa a favor de uno.

MI DESTINO
Mi destino no es seis pies bajo tierra,
sino dónde suenan las campanas allá en el cielo.
Subiré cuando mi Salvador me llame;
Sí, más allá del cielo estrellado
A la tierra ausente de cuidados.
Y cuando me acerco a su gloria
Veré a mi Salvador allí parado
Con una sonrisa invitándome a pasar
Para llevarme a una morada linda.
¡Qué día de días cuando llegue a casa!
¿Con qué gozo o bendición se puede comparar?
Mi destino no es seis pies bajo tierra
Sino donde suenan las campanas allá en el cielo.
Subiré a reunirme con mi Dios Viviente.

NO ES MORIRSE
No es morirse abandonar este largo y triste camino
Y llegar a la casa de Dios y ver nuestros amigos;
No es morirse cerrar los ojos llenos de lágrimas
Y despertar en el glorioso reposo eterno;
No es morirse salirse de la cárcel
Y respirar el aire puro de libertad sin fin;
Los tuyos no pueden morirse, O Príncipe de la Vida,
Sino conquistar por tu cuerpo el reino de los cielos.

 

por Herbert H. Wernecke
Tomado de: http://www.iglesiadecristo.com/estudios/miedomuerte.html

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