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El 10 de agosto del año 1927, el escultor Gutzon Borglum comenzó a esculpir su famosa obra en la roca del monte Rushmore, en Dakota del Sur.

En ella se aprecian los rostros de cuatro presidentes de Estados Unidos: George Washington, por ser el primer presidente de esa nación; Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de Independencia; Abraham Lincoln, quien proclamó la abolición de la esclavitud; y Theodore Roosevelt, primer presidente en ejercicio en ganar el premio Nobel de la paz, aunque se dice que fue incluido por ser amigo del escultor.
De todas formas, es curioso saber que esta magnífica obra jamás fue terminada. Los presidentes debían aparecer de cuerpo entero; pero los trabajadores que ayudaban al escultor la abandonaron por falta de pago. Nosotros, en cambio, debemos aprender a terminar lo que empezamos en la vida: una tarea, un trabajo, una carrera; en fin, todo lo que se empieza debe terminarse. Sobre todo, en la vida cristiana, en la cual debemos estar completos en Jesucristo, que es la cabeza de todo principado y potestad (Colosenses 2:10).
Imitemos a nuestro Padre celestial, que termina todo lo que empieza, incluyendo la obra de la creación. El Señor Jesucristo también habla en los evangelios de la importancia de sentarnos a calcular antes de iniciar una obra, para poder acabarla (Lucas 14:28,29).
Nosotros mismos somos una obra en proceso; pero confiamos en que el que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses 1:6).

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