Los hijos de Israel pensaron que su fin había llegado. Sintieron que estaban entre la espada y la pared. Por un lado, Faraón y su ejército; por el otro, un mar insalvable; y justo en medio, la seguridad de que todo estaba perdido. Desearon jamás haber salido de la comodidad de su esclavitud. Cualquier maltrato era preferible a la muerte que presentían. Fue entonces cuando Moisés, después de animar al pueblo, se preparaba para interceder por ellos ante Dios una vez más. Y la única respuesta que obtuvo del Creador fue: "¿Por qué clamas a mí?... Di a los hijos de Israel que marchen." (Exodo 14:15).
Podemos pasarnos la vida clamando para que Dios nos libere de los problemas, sin darnos cuenta de que esos problemas son parte del camino que conduce a mejores tierras. Enfocándonos en el pasado, por bueno o por malo que haya sido, no conseguiremos avanzar ni siquiera un metro de distancia. Tampoco avanzaremos mientras esperemos sentir que estamos listos, o que ya tenemos todo lo que creemos necesitar. Todas las grandes travesías comienzan con un pequeño paso, con una decisión. Veremos cómo todos nuestros miedos, y todas nuestras dudas, empiezan a menguar cuando emprendemos la marcha. La Biblia nos enseña a orar en todo tiempo; pero también nos deja claro que podemos hacerlo mientras vamos caminando hacia el futuro. Sin duda, Dios abrirá un sendero a través del mar ante nosotros. Así que... ¡Avancemos!
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